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En un mundo dominado por el fútbol…

 

 

¿Qué es lo que lleva a un jugador de balonmano a entrenarse,  a superarse, a levantarse y seguir luchando después de una derrota? Muchas veces nos lo preguntamos. Tiene que haber algo no percibido. Algo intangible, invisible, que no es fácil detectar. Algo por encima de ellos mismos.   Puede ser ambición u orgullo. También egoísmo, deseos o anhelos que cumplir. Búsqueda de reconocimiento, autoestima o gloria. Deseos de triunfo, afán de superación o de alcanzar metas lejanas.

Me inclino por pensar que hay algo más. No sólo lo hacen por ellos. Lo hacen, sobre todo, por amor al deporte, y en ello, ponen todo su ser, hasta el punto de transmitirnos parte de lo que ellos sienten y hacernos compartir sus momentos. Hacen que nos identifiquemos con una experiencia externa a nosotros, ajena al yo y, sin embargo, que la hagamos en parte nuestra.

Los jugadores que llegan a la  élite consiguen que otros, menos conocidos y fuera de los circuitos de la fama, se entrenen cada día con la firme intención de imitar a sus ídolos y progresar en su rendimiento. Trasmiten enseñanzas y valores que, incluso para un padre, un profesor o un entrenador, son difíciles de inculcar. Saben la admiración que levantan y  la utilizan para “seducir” a los jóvenes. Los atraen . Les “invitan” a  compartir  los mismos sueños y anhelos que  un día tuvieron y han logrado cumplir.

Muchos de estos balonmanistas de élite tienen detrás una historia de éxitos personales. Durante años han desarrollado confianza, autoestima y un estimable afán de superación. Otros, se han ido forjando a base de caídas, de derrotas más o menos útiles y de fracasos. Cualquier deportista, por exitoso y fuerte que sea, es ante todo una persona de carne y hueso, y los malos momentos son también parte sustancial  de su biografía. Son instantes donde aparece la inseguridad, la incertidumbre, el estancamiento, los límites y las ganas de abandonar. Son los instantes menos conocidos y más difíciles de llevar. Aquellos quienes los enfrentan adecuadamente, conscientes de los que les pasa   – de sus posibilidades y de sus limitaciones-, son los que salen adelante y   alcanzan las metas.

He sido y soy entrenador de muchos jugadores y jugadoras. Niños y niñas que empiezan, jóvenes en formación, deportistas profesionales, miembros de selecciones nacionales, etcétera. He visto cómo cada día se entregaban a la tarea con el objeto de ser un poco mejor y con la determinación de no cejar en su empeño. He podido constatar lo que les lleva a entrenarse semana tras semana para mejorar la técnica, ser más rápidos o jugar un poco mejor. He intuido en sus ojos lo que les mueve, lo que les motiva… Eso que muchos denominan pasión.

He aquí la respuesta: pasión en lo que hacen y cómo lo hacen.

También una  pasión compartida. Una “compasión” con ellos y con sus logros. Asumimos su experiencia y la hacemos nuestra.

Detrás de  su historia deportiva- todos-, tienen sus vidas personales, íntimas. Muchas de ellas desconocidas para la mayoría de la gente. Algunas hasta dramáticas y cargadas de situaciones que harían a más de uno desistir de cualquier proyecto . A veces, cuando uno de estos deportistas salta a la fama por sus éxitos ignoramos lo que hay detrás. Precisamente  en sus biografías  encontramos respuestas a sus triunfos posteriores. Indagando en sus vidas nos damos cuenta de que los triunfos emanan de un esfuerzo continuo, de sacrificios, de  compromiso y alineamiento vital con lo que se hace; de convicciones profundas y de una inquebrantable lucha contra el desaliento. La medalla es la punta del iceberg de una montaña escalada a trompicones, con más de una caída y llena de obstáculos..

¡¡Y hablamos de los que llegan!!

Hablemos ahora de los que no son primeros, ni segundos ni terceros. De aquellos que dedican el mismo tiempo, los mismos afanes y, sin embargo, nunca llegaron o nunca llegarán. Estos son muchos más. No salen en los medios o no son tan admirados. Sin premios, sin recompensa alguna, sin éxitos, …  y sin embargo, no se rinden.

Todos ellos son ejemplos.

Los entrenadores deberíamos insistir y, sobre todo, poner énfasis en la trastienda de cada vida personal para  extraer material y contenido para enseñar valores e inculcar eso que hemos denominado pasión. Es decir. entrega, concentración, perseverancia, amor por todo lo que se hace, independientemente de las dificultades y de los problemas; ser proactivo y estar dispuesto a vivir con intensidad, incluso, con delirio, lo que se hace y lo que se dice. Vivir apasionadamente, compartir y transmitir sensaciones; llevar adelante nuestras vidas con la dedicación y determinación con la que cualquiera de esos deportistas que admiramos llevan a cabo su día a día.

 

Todo el mundo sabe que la selección española de balonmano masculina  ha ganado en los últimos años dos veces el Campeonato del Mundo y que nuestras mujeres han conseguido recientemente  la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos.

Lo han hecho jugando bien y han conseguido la admiración de todos. Siendo esto importante, además han conseguido otra cosa: transmitirnos lo importante que estar unidos; saber compartir; ayudar y dejarse ayudar; esforzarse juntos. Es decir, alcanzar el éxito jugando en equipo.

Cuando colaboramos y cooperamos con otros para conseguir un objetivo común aportamos nuestros conocimientos, nuestras habilidades, nuestras experiencias y las ponemos al servicio del colectivo.

Pero también nos beneficiamos de ello, pues aprendemos muchas cosas de los demás que nos hacen progresar y ser mejores. Incluso nos motiva a  esforzarnos y nos sorprendemos haciendo cosas que seríamos incapaces de hacer por nosotros mismos.

Se trata de conseguir hacer realidad un lema muy famoso: “todos para uno y uno para todos”, en un clima de confianza, de ilusión y de superación que nos hace progresar como individuos y como grupo.

Jugar en equipo en nuestra vida

No sólo se trata de jugar en equipo en el deporte. Hay muchas oportunidades de hacerlo en nuestra vida diaria.

Hay que  tratar de integrarse lo mejor posible y aportar en todos los ámbitos de relación en los que participemos y nos desenvolvemos. Diariamente  jugamos en varios equipos: nuestra familia, nuestros amigos, nuestra colegio, nuestra ciudad, nuestro país… Incluso la humanidad entera debería ser un equipo.

Para ello vuelve a ser importante nuestra actitud.

En los equipos deportivos un jugador puede limitarse a estar, quedarse sentado en el banquillo y mirar, o bien, participar activamente , levantarse y jugar. Es más divertido jugar.

Se trata de hacer lo mismo en “los otros equipos” a los que también pertenecemos. Compartir nuestro vida con otros y colaborar con ellos. Cuanto más lo hagamos más  daremos y más recibiremos, es decir, la esencia de jugar en equipo: aportar y recibir

Por ejemplo, si somos generosos con un familiar, compañero, un amigo  y le tratamos con respeto, nos hace mejores a nosotros y a él.

Es el caso de la selección española de balonmano o en el de tu equipo. Un buen trabajo en equipo, del que estamos tan necesitado en nuestras vidas, refleja la cohesión del grupo por encima de todo; la buena relación entre todos sus componentes; el compromiso con unas ideas y una forma de juego; la convicción de que lo que hacen es lo adecuado y lo hacen bien; la capacidad de adaptación en los momentos difíciles; dar valor al respeto, a la disciplina y al esfuerzo; solidaridad y generosidad dentro y fuera del terreno de juego; confianza en el que tienes al lado; etcétera.

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Piña-solidaridad_José cañeteSiempre he creído que en el deporte hay tres elementos fundamentales: aptitudes, actitudes y oportunidades.

 

Las aptitudes comprenden todas las competencias y habilidades que tienen los deportistas y que son mejorables por el entrenamiento. En el caso de los deportes de equipo, nos referimos a todas las capacidades y cualidades que tiene cada jugador como individuo y también a las que consigue el grupo, fruto de las sinergias del trabajo en equipo. Incluye todo el saber y el saber hacer individual y colectivo. Es el “poder” o “empoderamiento”.

La actitud tiene más que ver con la voluntad, el “querer” hacer. Una buena predisposición a jugar aumenta de forma muy significativa la concentración, la atención, la ambición y la motivación para conseguir los objetivos perseguidos. Es verse por adelantado haciendo las cosas con todas las fuerzas y sin ahorrar ningún esfuerzo. Depende de cada uno y, por tanto, se puede elegir.

La oportunidad surge en el transcurso de la competición. Puede tener un componente aleatorio pero también puede crearse. Uno puede estar esperando a que algo pase o por el contrario provocar que pase. La mayoría de las veces, unas buenas habilidades y la mejor de las predisposiciones para utilizarlas nos permiten estar preparados cuando surgen las oportunidades y, entonces, poder aprovecharlas.

De los tres factores mencionados, el más decisivo, desde mi punto de vista, es la actitud. Elegir y tener una buena actitud. Todos tenemos una buena actitud cuando las cosas van bien, cuando ganamos partidos, cuando somos los protagonistas y todo nos sonríe. Sin embargo: ¿Cuál es nuestra actitud cuando nuestro equipo va perdiendo, cuando los árbitros nos defraudan, los compañeros no lo hacen bien y fallan, o cuando el entrenador nos increpa o jugamos contra un rival al que consideramos de “antemano” inferior?

La actitud se puede elegir. Hay quienes optan por una actitud de compromiso, de entrega, de sacrificio, logrando sumar de forma exponencial las aptitudes de cada uno de los integrantes de su equipo para multiplicar las habilidades individuales y colectivas. Sin embargo, otros pueden confiar plenamente en sus capacidades, en su “poder”, y elegir una actitud cumplidora, relajada, confiada que puede mermar mucho el posible potencial del talento de una persona o un grupo.

Un equipo necesita el 100% de cada uno de sus integrantes. No se puede jugar al 40 %, al 50% o al 60%. Nunca se debe permitir que un jugador deje el 40 % de su talento, de sus ganas o de sus fuerzas en el vestuario o regule su actitud en función del adversario. De nada sirve ser el mejor o tener buenas competencias en cualquier tarea si no tienes toda la voluntad y la motivación por utilizarlas. Para poder primero hay que querer.

En un equipo de balonmano, la actitud también es colectiva. Al igual que existe sincronía y sinergias cuando hablamos de capacidades, también existen cuando hablamos del “querer”. En un equipo hay que conseguir que 1+1 siempre sea más que dos. Es decir, que la suma sea mayor que las partes. Pero a veces ocurre lo contrario, que la suma sea menor, que 1+1 sea incluso menos que dos. La actitud colectiva es una actitud compartida que influirá en los resultados de todo un equipo. Es más, una buena o mala actitud nos mostrará la tendencia del colectivo al éxito a al fracaso, por lo que también tiene un valor predictivo.

Y es que la actitud puede ser negativa, y en vez de sumar esfuerzos se restan voluntades siendo esto la antesala de los fracasos colectivos.

Siempre se lo digo a mis alumnos y a mis jugadores: cuando el talento se iguala y cuando los recursos técnicos, tácticos, estratégicos son parecidos, consigue sus objetivos quienes más ahínco pone en conseguirlos.

Cuando surja la oportunidad , una buena actitud no la dejara escapar, y aunque nuestras capacidades no sean las mejores, nuestra predisposición y nuestra voluntad  nos pueden ayudar a conseguir nuestros fines y metas.

 

Por Akademos

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Película Coach Carter

Coach Carter. Cuenta la historia de un instituto de un barrio marginal que tiene su equipo de baloncesto. En él desembarca un nuevo entrenador, un antiguo alumno del centro al que la vida ha sonreído. No deja de ser  una excepción, pues el futuro de los jóvenes del lugar es ser “carne de cañón” y gente con un futuro más o menos predeterminado: ser parias y ocupar los niveles más bajos de  eso que llamamos como “clases sociales” y con la que “clasificamos” a los seres humanos.

El nuevo Coach, desde un principio, tiene muy claro su gran objetivo: contribuir a la educación de los chicos por medio del deporte. En concreto el baloncesto. Utilizar el deporte como agente de trasmisión de hábitos y valores que sirvan a sus jugadores para ganar el partido más importante que jugamos: nuestras propias vidas. Exactamente lo que pretendemos con nuestra Academia de Balonmano.

Puede ser un argumento de numerosas películas pero hay novedades. Nada más llegar les hace firmar un acuerdo, a modo de “contrato pedagógico”, por el cual los alumnos se comprometen, además de a jugar, a mantener una media académica que les permita acudir a la universidad o, como mínimo, graduarse en los estudios y obtener una capacitación mínima. Esto es importante. Les inculca disciplina, esfuerzo y sacrificio no solamente en entrenamientos y partidos, también en el aula. Les enseña técnica y táctica, les hace crecer como jugadores con el propósito real de que mejoren como personas y tengan un futuro menos incierto. Les hace ver la importancia de conciliar la vida académica con la práctica del deporte.

Cuando los chicos no cumplen con lo pactado y son infieles a su compromiso, decide no dejarles jugar hasta que cumplan lo firmado. Su mensaje, meridianamente claro, choca con la incomprensión del centro, de los padres y de algunos de sus compañeros pero, sin embargo, recibe finalmente el respaldo de su equipo de “jugadores”, logrando su primera gran victoria: que los chicos entiendan y comprendan que hay cosas mucho más importantes que ganar o perder un partido de cualquier deporte.

Hay un partido más importante, el de la vida, y hay que prepararse  y capacitarse para que cada uno sea protagonista de la suya. No será fácil encontrar un trabajo, y menos aún, uno que nos  satisfaga y al que vayamos con vocación de aportar algo todos los días.

El deporte es una muy buena herramienta para aprender a luchar, a crecer, a avanzar; pero de la educación y la cultura para os hará libres y dueños de vuestro destino. Al igual que a los jugadores se les pide que controlen el ritmo de un partido, que controlen el transcurso del mismo, deben hacer lo mismo con sus biografías, escribiéndolas y siendo protagonistas. Y cuando las cosas no salgan, o se enfrenten a derrotas inesperadas, poseerán algunas vivencias para levantarse y seguir adelante. En la vida no hay ni vencedores ni perdedores eternos. Hay que aprender a sobrellevar los malos momentos y disfrutar de los mejores, que ¡¡los hay!!.

En la película, el partido final lo pierde el equipo protagonista por una canasta. En nuestra experiencia cotidiana se escapan oportunidades por pequeñas cosas o se alcanzan otras in extremis . El deporte es como la vida misma, y la actitud que elegimos ante ella es la que nos va a otorgar más o menos posibilidades. Éstas serán mayores si nos preparamos mejor. Eso es lo que nos dicen los minutos finales de la película. Perdieron un partido pero ganaron un futuro en forma de becas para universidades y continuidad en sus estudios, haciéndole un dribling al destino, que parecía escrito.

El Señor Carter llevó a su equipo a ganar su mejor campeonato: ser buenas personas y ser buenos ciudadanos es decir, comprometidos en mejorar su entorno próximo y el de la gente que conviva con ellos.

La educación a través del deporte es una gran herramienta, que en tiempos de incertidumbre, inestabilidad y desesperanza debemos utilizar.

La Academia de balonmano es por lo tanto una escuela de deporte pero también de preparación para una meta más importante: ser protagonistas y dirigir nuestras propias vidas, contribuyendo a nuestra felicidad y a la de los demás.

Por Akademos